Myriah Martell

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Myriah Martell

Mensaje por Myriah Martell el Vie Ago 08, 2014 8:42 pm

Ella avanzaba con gracia, silenciosa y decidida, sintiendo el frío del suelo impoluto con los pies descalzos. Sólo el monótono frufrú de las telas vaporosas que la envolvían la perturbaba apenas, mientras buscaba con imperiosa necesidad un mísero instante expuesta al abrazo cálido del Astro Rey. Las paredes de piedra se le antojaban insulsas en el camino, los azulejos coloridos parecían repugnarle, la textura de los imponentes cortinados que rozaba con los dedos al pasar le generaba un disgusto superficial pero tan real y palpable que la hacía cuestionar su propio temple. Esa misma intolerancia para con todo lo que sobraba de forma alevosa en el espacio, la invadía en presencia de aquellos cuya existencia se le hacía fácilmente prescindible. Peones, pensó, ovejas asustadas que bajaban la cabeza ante el regente de turno y pastaban la hierba que les ponían en frente. Entiéndase "hierba" como un conjunto variopinto de reglas impuestas, chismes corrosivos y una vida girando en torno a lo fútil, capaz de reducir a un individuo al grado más rastrero en ignorancia y falta de personalidad.

La idea de tener una corte así le asqueaba, porque quien no hace uso de su voz y su derecho, no merece ser oído ni tomado en cuenta.

Cien veces. Cien veces o más, en toda su vida, había soñado con la llegada de un día en el que el mundo no fuese dominado por imbéciles. Porque el imbécil, dicho sea de paso, despacha al pueblo y lo trata de masa controlable. No es consciente del poder que éste esconde. Lo ignora. Por eso, Poniente la necesitaba más que nunca. A ella, a la Madre de las Causas Perdidas, quien ponía toda su fe y expectativas en sus propias acciones. Confiaba en nadie más que en sí misma y en la sangre de su sangre. No hacía caso omiso de la voz del pueblo; allí radicaba la diferencia. También lo usaba, seamos sinceros. Usaba la democracia a su favor y sabía, con todo su encanto y carisma innegable, cómo definir el lienzo con comedidas y estudiadas pinceladas. Hacía alarde de conocer a la gente, y trabajaba duro para mantenerla satisfecha. Porque al final del día, quienes ganan con la inteligencia colectiva, son los vasallos, los seguidores, los que no se rebelan si el monarca les escucha.

La crudeza de dicho pensamiento le arrancó, apenas por un breve instante, una mueca de suficiencia para consigo misma. La vanidad por su parte, se retorció como una cobra en lo más recóndito de su fuero interno, complacida.

La diestra de largos y finos dedos rozó el paredón de roca sólida en cuanto llegó finalmente a destino: afuera, brillando con su usual altanería, el Sol la esperaba casi en el cenit. El balcón no era más que un recinto desolado a disposición de su solo disfrute. Las olas rompían quedas a lo lejos, aquietado su murmullo por la brisa veraniega que mecía los rizos azabache de la mujer. Los ojos claros, de pupilas diminutas por el resplandor, escrutaban los alrededores mientras su silueta sinuosa se inclinaba sobre el muro frente a ella. Vestía de negro, por lo que atraía más calor del que ya azotaba su piel cetrina, y las elaboradas joyas de oro sólido derramaban sus reflejos blanquecinos sobre ella. Impasible, inspiró con toda la parsimonia de mundo. Sintió el salitre picándole la garganta con el conocido regusto a mar, y por un breve instante creyó ser transportada a casa. A Dorne. Con Maron.

Recordar a la familia le llevaba, de una forma u otra, a revivir el dolor de la pérdida en todos sus sentidos. Existió una época en la que Myriah creyó abandonar la Fe por ello, queriendo maldecir al Desconocido por haberse llevado a dos de su progenie. Dos. Equivalía a que le cortasen las manos, o que la dejasen ciega y llorando enloquecida en la oscuridad. Es mentira que el amor de una madre se termina, o que se reparte injustamente entre los hijos. Los amaba a todos. A todos ellos, con todo lo que tenía, y no existía día que no les pensara, o noche que no les llorase. Su talón de Aquiles, sin miedo a admitirlo, había encarnado en el amor que les tenía.

La mujer suspiró largamente, volcándose a la belleza del panorama como si con ello pudiese deshacerse de las memorias. Había aprendido a convivir consigo misma, con las bendiciones, con las pérdidas, pero aún no estaba segura de llegar a hacer las paces con la Muerte...


—Madre —musitaron detrás suyo, y la fémina volteó con suavidad en un despliegue de felina pereza. Sus ojos se llenaron con el porte erguido de un varón, apuesto como pocos, portador de una voz que evocaba el murmullo del océano. Llevaba el Sol en las venas, en el rostro iluminado.

—Baelor —susurró Myriah estrechando los orbes verdes, casi grises, tan parecidos a los de su hijo. Éste la miraba impertérrito y permanecía inmóvil, con los ojos fijos en ella. No, en ella no: en el retazo de cielo que tenía enfrente a la altura de su vista. A medida que comenzó a escrutarlo con ojo clínico, el horror, como un huésped indeseado pero conocido, la mantuvo prendada a cada detalle que había pasado por alto desde la llegada del primogénito. De la boca entonces entreabierta escapaba un fino hilillo de sangre que contrastaba furiosamente con la tez de su piel, la armadura que solía llevar intacta lucía hecha jirones como si la hubiesen revuelto a punta de lanza; las perforaciones en ella se asemejaban a grotescas heridas en la carne, rodeadas por la viruta retorcida del metal que bien podría haber sido músculo sangrante o pellejo removido; y un corte en el abdomen de su hijo, de su niño, coronaba su apariencia y hacía devenir trémulo el pulso de su madre.

Baelor caería de rodillas poco después con los ojos vueltos al cielo que tanto miraba, la cabeza echada hacia atrás y los brazos muertos junto al cuerpo. La sangre goteaba lento pero continuamente sobre las baldosas claras, retumbando cada vez más fuerte en los oídos de una mujer que no pudo soportar lo que veía. Su ser se derrumbó al ritmo del corazón que latía desbocado en sus costillas, mientras su postura se encorvaba y devenía en un ovillo contra el muro que tenía detrás, incapaz de quitar la vista.

Y el mundo, en todo su esplendor, cayó encima de ella justo cuando creyó ahogarse en sus propias lágrimas saladas.



***


Myriah despertó sobresaltada. El pecho perlado de sudor subía y bajaba por la desesperación, las manos tersas se aferraban con fuerza a las sábanas que la cubrían a los lados. El cielorraso velaba por ella en silencio, sirviendo de testigo de sus sollozos quedos, mientras la luna lo bañaba todo con su manto argénteo. El ceño fruncido, los labios entreabiertos y los ojos nublados por el llanto evidenciaban la adición de una nueva pesadilla a su colección de terrores nocturnos. El miedo seguía prendido de su piel como una sanguijuela, y cada noche, desde hacía ya un tiempo, le drenaba el ímpetu hasta dejarla destrozada. Ya no quería sentirse así. Detestaba la idea de seguir viviendo con temor a perder al resto de sus hijos. Actuar el papel de mujer fuerte no era suficiente. Secar las lágrimas y sonreír no era suficiente. Negar la incertidumbre no era suficiente.

Entonces algo se disparó en ella. Una rabia corrosiva y destructiva como la lava le inundó el cuerpo entumecido. La necesidad ávida de venganza volvía, recurrente como un insecto revoloteando alrededor de una farola, para recordarle que existía una forma de terminar con aquél calvario.

—No dejaré que te lleves a nadie más, bastardo de cuarta —sentenció entre dientes, sintiendo la sal en la garganta y la sangre hirviendo en sus venas. Nadie la oyó entonces, y nadie la oiría diciendo esas palabras otra vez. Jamás. Y si, por casualidades de la vida, alguien lo había hecho, negaría lo dicho hasta la muerte.

Esa noche, Myriah se endureció de adentro hacia afuera, jurando perseverancia en la búsqueda de una justicia consumada. Y no se detendría. Por los Siete, que no se detendría.


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Re: Myriah Martell

Mensaje por Shiera Seastar el Vie Ago 08, 2014 9:04 pm



Myriah Martell
ACEPTADO

¡Felicitaciones, Myriah, el personaje es tuyo! Nos ha encantado vuestro rol, y me atrevería a decir que ha sido el mejor que he leído. ¡Bienvenida a Aclil! ¡Estamos ansiosos por ver esa destreza on rol!


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