The Time of The Dragonlords [Libre]

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The Time of The Dragonlords [Libre]

Mensaje por Baelor Targaryen el Mar Sep 02, 2014 11:12 am

Hubo un tiempo en el que la mera mención de mi apellido era sinónimo de miedo, de esperanza, de dragones. En épocas pasadas, los Targaryen representaban el poder, la última reminiscencia del gran y antiguo poder del Imperio Valyrio, pero desde la extinción de los dragones las cosas eran muy diferentes. Aparte de los rasgos físicos y nuestra cultura, poco nos distinguía ya de los demás señores de Poniente... y la mezcla de sangre hacía que lo primero desapareciera.

Probablemente si le preguntara a mi padre, el buen rey Daeron, me respondería que nada hacía cambiado, que nuestra fuerza seguía ahí, pero yo ya no era un crío verde como los pastos que pasaba las noches en vela mirando con ilusión y esperanza hacia la Colina de Rhaenys. Los dragones no volverían, ni traerían con ellos la antigua gloria perdida de mi familia.

Suspiré frunciendo el ceño mientras mis dedos rozaban las puntas afiladas del Trono de Hierro. — La pena por robo es la pérdida de una mano o el Muro — repetí como tantas otras veces — vos elegís vuestro destino — murmuré inspirando hondo, sin interés real en lo que estaba diciendo. En ese momento solo quería salir de la Fortaleza Roja y sentir el aire fresco inundar mis pulmones, por fuerte que fuera el hedor de la ciudad.

El acusado de robo tardaba en responder, imaginaba que por lo difícil de la decisión. La justicia siempre era difícil. — Guardias, acompañad al prisionero a las mazmorras. Si no ha decidido su destino en una hora, colgadlo — acompañé mis palabras de un pequeño aspaviento y me levanté del trono de mi padre por fin, tras una dura y tediosa tarde. Dicen que el Trono hiere doblemente a los reyes que a las Manos, por eso eran estos últimos los que aliviaban la responsabilidad de sus respectivos regentes. En mi caso, estaba seguro de que mi padre podría dormir como un bebé en esa silla... por desgracia él prefería dormir en su lecho y el trono debe ser ocupado por alguien, incluso si esa persona tiene mejores cosas que hacer.

Cuando por fin salí a los jardines, la noche estaba a punto de caer sobre Desembarco del Rey. Caminé unos minutos, admirando la obra de tantos maestros jardineros y me senté sobre un banco de piedra. Desde que Rhaegel falleció acostumbraba a hacerlo solo. Unas septas pasaron delante de mí con una comitiva de niños pequeños detrás de ellas. Sonreí al escuchar su cántico, la canción de los Siete que todos aprendíamos durante nuestra infancia.

— ...the Crone is very wise and old, and sees our fates as they unfold. She lifts her lamp of shining gold
to lead the little children. The Smith, he labors day and night, to put the world of men to right. With hammer, plow, and fire bright, he builds for little children... —
las septas cantaban y los niños repetían.

Tomé una pequeña flor azulada entre mis dedos, nunca había estudiado herbología más allá de cosas básicas, por lo que no conocía el nombre de la flor. Sin embargo, esto no significaba que no fuera algo bello.


Última edición por Baelor Targaryen el Dom Sep 07, 2014 9:21 am, editado 1 vez
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Re: The Time of The Dragonlords [Libre]

Mensaje por Shiera Seastar el Vie Sep 05, 2014 10:38 pm

Desde su llegada a Desembarco del Rey, Shiera se pasaba casi el día entero en los jardines de la Fortaleza Roja. No era porque el lugar le encantara más que otros tan famosos como ése en la capital, era porque los jardines eran lo único que le gustaba de Desembarco “Lo único que no huele a mierda aquí” se repetía para sus adentros cada vez que el aroma a desechos le llegaba traído por la brisa que recorría toda la ciudad. Ese día, en cambio, la Seastar se lo había pasado en sus habitaciones; Brynden no tenía que cumplir con sus deberes de Consejero de Rumores hasta la tarde, por lo que Baelor podía prescindir de él. Perfecto para recuperar el tiempo perdido con su amado Cuervo, aunque últimamente él también hubiera sufrido un cambio radical.
Sus largas pestañas platinadas se batieron con el movimiento grácil de las alas de un ave exótico cuando la Stella parpadeó. Su mente se hallaba lejos, lejos de la capital y su desconfiada gente… “Las Tierras de los Ríos… -pensó, y sus labios se movieron para pronunciar el nombre del otro hombre que mantenía en un hilo su corazón, pero no hubieron palabras ni sonido alguno- En algún lugar de esas tierras estás. Solo que aún no sé en cual exactamente” Aegor llevaba meses desaparecido junto con Daemon, tanto tiempo que incluso algunos allí se olvidaban de la existencia de Aceroamargo; sólo les venía a la mente su recuerdo cuando de maldecir la rebelión Fuegoscuro se trataba. No era así con ella. Shiera lo recordaba, lo pensaba día y noche, y lo buscaba en sus llamas al anochecer, pero aún no podía dar con él. Tampoco podía irse y dejar la capital, Brynden la tenía más que vigilada. Sus tres doncellas eran espías del Cuervo, una de ellas también servía a la reina. El caballero con el que había llegado a Desembarco se había marchado antes de que el Consejero de Rumores pudiera interrogarlo para saber sobre el paradero de Aegor, y con él se había llevado su única esperanza de volver a ver a su amado malhumorado.

La brisa de la tarde batía los cabellos platinados de la Seastar en una danza casi desenfrenada, así como las faldas de su vestido de verde-agua. En los jardines se respiraba paz y soledad, sobretodo soledad. Y melancolía por su familia que se veía más que disuelta. Sus manos estaban entrelazadas al frente; su prenda de vestir tenía un escote redondo que dejaba ver sus hombros y el nacimiento de sus pechos firmes y prominentes. También dejaba ver parte de su espalda con un semi-círculo, y caía ligero y vaporoso por sus piernas, con telas suaves para no sufrir a manos del calor. Pero a esa hora del día no era calor lo que hacía en la capital; el aire era fresco y la luna se dejaba ver en el firmamento. La dama de plata, como a ella le gustaba llamarle, iluminaba la tierra y trataba de mantener a raya la oscuridad, pero no lo lograba como quería. “La noche es oscura y alberga horrores” pensó la Seastar y decidió que era tiempo de volver a sus habitaciones, a refugiarse en el calor del hogar y a buscar en sus llamas crepitantes un atisbo de Aegor. Dio media vuelta y comenzó a andar entre arbustos de frutas y flores, entre pastizales, rosas y claveles, sintiendo el aroma de éstos. Entonces el sonido de unas pisadas llamó su atención y la obligó a desviar su camino; escuchó voces y cánticos entonados tanto por mujeres como por niños “Septas –recordó, a esa hora las septas volvían a sus labores en el Gran Septo-. Estúpidas, gastando su tiempo en adorar dioses falsos, y enseñándoles a los niños a adorarlos. Nuestro futuro está en manos de personas que no saben cuidarse de la oscuridad.

Y entonces lo vio; sentado sobre un banquito de mármol e inclinado para tomar una flor, de espaldas a ella, pero era su sobrino. Shiera lo sabía, sus cabellos oscuros y su atuendo lo delataban “Y su aroma… huele como su padre, solo que mucho menos pasible”. Decidió que era buen momento para acercarse a conversar con su sobrino, después de todo no siempre se le veía tan desocupado y no había tenido la oportunidad de estar con él a solas. Si es que realmente estaban solos. Se acercó en silencio hasta él y posó una mano en su hombro izquierdo, deslizándola en un tacto suave y tibio hasta el derecho. Baelor se sobresaltó, probablemente no la había escuchado, o quizá sí y solo fingía sorpresa. Se sentó a su lado en el banquito y clavó su mirada en la flor que el príncipe sostenía en sus manos; luego lo miró a él.-Espero no interrumpir, querido sobrino –dijo finalmente, su voz era cálida y melodiosa. Una sonrisa amable se dibujó en sus carnosos labios-, os he visto aquí, tan solo, y me pareció que sería bueno haceros compañía… ¿No os molesto, verdad? –y alzó la vista a la luna para sentir como su luz la bañaba. Era su madre, ella lo sabía; la exótica dama de plata de Lys que había encandilado con su albor al anterior rey,y que había muerto trayendo al mundo a la Estrella de Mar.


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Re: The Time of The Dragonlords [Libre]

Mensaje por Baelor Targaryen el Dom Sep 07, 2014 9:19 am

Me giré sobre mis hombros al escuchar la voz de Shiera. Últimamente no la veía demasiado y, por lo que tenía entendido, estaba en Essos. Probablemente lady Seastar fuera la única hija de Aegon el Indigno que me inspiraba confianza, a excepción de mi propio padre y, tal vez, de Brynden. Aunque no confíaba plenamente en el Cuervo de Sangre, este había demostrado en múltiples ocasiones que era digno merecedor de la confianza del rey, y por ende de la mía.

— Querida tía — murmuré con una inclinación de cabeza cortés. — Parece que Essos acrecenta vuestra belleza — sonreí afablemente. Era totalmente cierto, cada vez que Shiera volvía para visitar la Fortaleza Roja se veía más hermosa. Coloqué la flor que había tomado antes de su llegada y se la tendí. Entorné los ojos mirando al horizonte al escuchar sus palabras, no era la primera persona en la Fortaleza Roja que pensaba que yo era un ser solitario. Podría decirse que estaban tan equivocados como cercanos a la verdad. Desde el comienzo de la guerra prefería la compañía de libros, flores o pinturas a las de mis allegados y personas de confianza. Tal vez porque los objetos inanimados no traicionan y siempre son sinceros, sea cual sea la circunstancia.

— En realidad me gusta estar a solas — murmuré mirando fijamente el arbusto de flores celestes — me da tiempo para pensar y poner mis asuntos en orden. Si lo que buscáis es una conversación enriquecedora, podéis encontrar a mi hermano Maekar en sus aposentos. Seguramente pueda enseñaros mil y una maneras de asesinar a un hombre con su propia mano... diez mil si ese hombre es Daemon Fuegoscuro — bromeé tomando otra flor entre mis dedos. — Yo en cambio soy una persona aburrida, no albergo en mi cabeza nada más que asuntos de los Siete Reinos... y flores, pero os invito a quedaros pese a ello —.

Podría decirse que Maekar parecía el más interesado de toda la "familia" en que la guerra terminara con la cabeza del Traidor clavada en una pica frente al Septo de Baelor. Extrañamente para mi, Brynden parecía compartir su ira... pero Brynden era Brynden, nunca se sabía con exactitud en qué estaba pensando. Le enseñé a Shiera la flor entre mis dedos, la misma que le había entregado yo hacía unos instantes. — Vos habéis pasado algún tiempo en Essos, imaginó que allí habrá grandes variedades de plantas y flores... ¿podéis identificar esta? — pregunté con curiosidad.

En ocasiones, lo que más cerca tenemos oculta misterios difíciles de ver. Por eso me consideraba un entusiasta de los libros, la sabiduría que en ellos se contiene siempre se necesita y siempre se encuentra mientras se posea, útil para resolver cuestiones. En cambio las flores... una flor es un misterio hasta que es conocida a través de la experiencia. Una flor puede ser simplemente hermosa a los sentidos y sin embargo, ser mañana la causa de tu muerte. Miles de necios morirían mañana por el veneno de una flor, pero decenas de sabios vivirían por conocerla. Ese día, yo estaría en el grupo de los sabios, pues era suficientemente inteligente para ver que Shiera Seastar era una flor.
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Re: The Time of The Dragonlords [Libre]

Mensaje por Shiera Seastar el Miér Sep 10, 2014 2:18 pm

De los cuatro hijos varones que había tenido su medio hermano Daeron, Baelor era con quien mejor se llevaba hasta ahora. Maekar y Arys siempre le habían parecido dos seres llenos de odio, amantes de los conflictos y de humillar a la gente; Maekar era un hombre bélico, había nacido para la guerra y aplastaba a sus enemigos de la forma más cruel que existiera. Arys se le parecía en demasía, solo que él se divertía humillando a las personas diariamente, sobre todo a Aelinor. Rhaegel y Baelor eran los únicos que se salvaban de la locura que corría por las venas de los descendientes de la casa Targaryen. En esta familia, la locura y la cordura eran dos caras de la misma moneda. Pero de esos cuatro sólo quedaban dos, muy diferentes el uno del otro.

Shiera sonrió ante sus palabras con una ternura que le dedicaba solo a los miembros de su familia, a los que realmente apreciaba. Paseó su mirada serena y escrutadora por su sobrino, el mayor de los príncipes. Había nacido mucho antes de que la Seastar fuera concebida pero como todos los hombres, el Targaryen era en el fondo un niño que se refugiaba en su fortaleza para afrontar los golpes de la vida; y ciertamente había sufrido muchos golpes. Un abuelo putero que se dedicara a mancillar el nombre de su familia, tíos que de un momento a otro pasaron de ser personas cercanas y de confianza, a traidores prófugos. Y sus dos hermanos menores, que habían muerto a manos de los “seguidores” de Daemon. La guerra era destrucción y dolor, y aplastaba incluso a los hombres más fuertes. Podía ser que Daeron no demostrara el miedo que sentía, pero ella lo sabía; el rey se guarecía en sus habitaciones rodeado de maestres y eruditos, buscando la forma de evadir su realidad, temiendo a los consejeros que le extendían una mano y con la otra empuñaban la daga tras la espalda. Y su primogénito era quien debía cargar con el peso lancinante del Trono de Hierro y todo lo demás.

-La guerra puede haber menguado vuestras fuerzas pero seguís siendo tan amable como siempre, mi príncipe. Me halagáis con aquellas palabras –la voz de la Seastar era un ronroneo cálido y suave, un tono melodioso que parecía contener las notas más dulces jamás entonadas. Normalmente eran sólo una artimaña, pero no esta vez. Posó su nívea y delicada mano sobre la mejilla del heredero al Trono, acariciando apenas su piel con la yema de sus dedos. El tacto de la bastarda era tibio, abrasador, pues la luz de R’hllor recorría su interior; el del Targaryen era un tanto más frío. Un gesto de ligera tristeza se hizo en el rostro de la Estrella-. Vos en cambio pareces cansado y abrumado, querido sobrino ¿es el peso de la guerra sobre la espalda lo que os mantiene encorvado y sombrío? –ligera como una pluma, su mano acomodó un mechón de cabello oscuro tras la oreja del príncipe mientras escuchaba sus palabras y desviaba la mirada a la flor, para recibirla en la mano libre.

-Maekar es un pobre hombre lleno de rencor –soltó sin más; si algo caracterizaba a la menor de los Grandes Bastardos era su sinceridad. Después de todo ella no tenía nada que ganar con verdades, pero si mucho que perder con mentiras-. Su odio hacia el mundo y a sí mismo lo ciega; cree que su actitud bélica, sanguinaria y temeraria lo vuelve fuerte, pero el valor verdadero no es saber cuándo quitar una vida, si no cuando perdonarla –su mirada bicolor había estado sobre la flor azulina que el pelinegro le había pasado, pero ahora volvía a subir hasta los orbes violáceos de su sobrino-. Vos en cambio sois un hombre sabio y cauteloso, ni aburrido ni cobarde. Sabéis exactamente cuándo, cómo y porqué hacer las cosas. No os mueve la sed de sangre, no os vuelve impertinente, pero no os es indiferente –sonrió débilmente y suspiró, no sabía si su opinión sobre la guerra le interesara a su sobrino, por lo que prefirió guardarse sus palabras. Últimamente cualquier acto podía ser malinterpretada como traición. Acercó la flor al rostro para aspirar su aroma a polen y dulzura, a vida-. Las flores son vida y luz, mi querido sobrino. Por eso prefiero quedarme con vos –cerró los ojos y volvió a aspirar aquel matiz que le devolvía a años pasados, años de alegría y luz.

-Puedo deciros el nombre que creo que tiene –respondió al fin, clavando la mirada en el arbusto de flores azules mientras se llevaba la que tenía en la mano a su oreja para encajarla sobre esta, entre su cabello. Allí, parecía contrastar armoniosamente contra su piel nívea y sus cabellos platinados, resaltando el azul de su ojo-. Anagallis foemina –ronroneó de forma melosa-, por ese nombre la conozco. Son conocidas por su capacidad de aliviar la tos y las complicaciones respiratorias, por eso son normalmente llamadas “Hierbas pulmonares”, y tiene hermanas que ostentan otros hermosos colores, mirad –hizo un gesto con la vista a los arbustos que habían detrás, donde las flores eran parecidas, un poco más pequeñas y de matices anaranjados, rojizos y blanquecinos-. Ésas son las Anagallis arvensis, las pequeñas de la familia. Crecen normalmente en lugares húmedos, cerca del mar, como estos jardines. Jamás las veréis en lugares totalmente cálidos… En Lys se usan mucho por sus poderes curativos. De pequeña, cuando caía enferma de tos mi tía materna me preparaba una infusión de estas hierbas y a los días me sentía como nueva. Además de que también sirven mucho para adornar, las mujeres de Lys se las colocaban en los cabellos trenzados o las bordaban en sus ropas –sonrió con un dejo de melancolía en el gesto; extrañaba su casa, su familia, pero su lugar estaba en Desembarco, al menos por ahora. Volvió sus orbes dispares a los del príncipe-. Ya sabéis, cuando os sintáis enfermo de tos, acudid con vuestro maestre y pedidle que os prepare una infusión de éstas, y santo remedio.

Si había algo que le gustara a Shiera, era leer. Leía sobre toda clase de misterios; flores, plantas, infusiones curativas, venenos y más. Y otras cosas, por supuesto. Su tía materna siempre le decía que el conocimiento era poder, pero no todo el conocimiento era el mismo y ella lo sabía. La Seastar solía pasar tardes enteras leyendo, a veces acompañada por su prima dos años menor. Y cuando llegaba a casa de su padre, él siempre le tenía libros de regalo o joyas. Sonrió al recordarlo como era, un hombre jovial y fiestero, amante de los placeres de la vida, sobretodo del sexo. Y sin embargo, Shiera lo quería y lo veía como un gran ejemplo. Pero ahora sabía bien que su padre había cometido muchos errores, y el peor de todos fue darles a sus hijos bastardos más poder del que merecían. La Stella lo agradecía, porque no se sentía en lo más mínimo inferior a los hijos legítimos del difunto rey ni a sus sobrinos. Pero era sabido que había aumentado en demasía el orgullo de sus otros hijos bastardos y eso había desencadenado en la rebelión que vivían hoy. Su padre jamás fue un hombre sabio y eso le pesaba al reino.


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